| CRIMEN Y CASTIGO |
| Escrito por Carlos Geminiano | ||||||
| Miércoles 03 de Septiembre de 2008 08:39 | ||||||
|
“¿Te dabas cuenta de lo que hacías en el momento en que matabas a las chicas? - Si, pero me daba igual. La rutina...” Arthur Shawcross Asesino de prostitutas El miedo que un criminal infunde en los integrantes de la sociedad no es transferible. Nosotros, los que nos apegamos a la ley, no podríamos inyectar esa clase de pavor a los infractores. Cuando los operadores del estado pretenden amedrentar a secuestradores, asesinos o narcotraficantes amenazándolos con cárceles perpetuas y penas capitales, equivocan la estrategia.
El perfil de un delincuente altamente peligroso está requisitado por el desprecio a la vida, a la organización, a la convivencia, al orden, a la normatividad, a la democracia, a cualquier esquema organizativo; lo devalúa, lo lleva tanto al terreno de la subjetividad que termina por volverlo irracional. A los 14 años, uno de los asesinos en serie más corrosivo, Charles Milles Manson, fue detenido por primera vez, y al entrar a la mayoría de edad su infame currículo ya mostraba varias fugas de prisión, una violación homosexual, robo y agresiones. Este era el debut de un asesino desinteresado, quien seguramente se mostraría cínico al enterarse de que pasaría el resto de sus días en prisión o mientras recorre el pasillo que le lleva a su ejecución. Este hombre seguiría matando aún en el infierno. Para quien ha hecho de la muerte su negocio no resulta una barrera el anuncio de la misma, pues es su hábitat; reconoce que el temor a perder la vida hace que sus semejantes modifiquen sus conductas a favor de quienes han superado ese miedo; eso le queda claro, y a medida que va forjando su carrera delictiva refuerza esta tesis. Ya sea que la necesidad haya sido su resorte, la descomposición familiar, la necesidad de reducir incertidumbres o hasta una enfermedad mental, el individuo que mira a su víctima amordazada ha llegado al punto que no tiene regreso. Aquellos que respondemos a una estructura moral común, que compartimos intereses y estamos inmersos en dinámicas similares de comportamiento, no secuestraríamos aunque la pena fuera de un minuto en prisión o 30 segundos de cosquillas, como desde luego tampoco lo haríamos si el castigo fuese la tortura de arrancarnos la piel lentamente hasta que el dolor nos consuma, simplemente no somos criminales, si la línea que divide a una persona sana de un psicópata no es tan gruesa como parece, no es el tema por ahora. Hablemos un poco de George Bush, Texas y la pena de muerte. El diario nicaragüense, La Prensa, dejó ver hace algunos años, un artículo del periodista Jorge Ramos, que desde Miami denunciaba la ineficacia de la pena de muerte: “El mejor ejemplo de lo absurdo de la pena de muerte lo tenemos en Texas donde el último año fueron ejecutadas 40 personas. El presidente Bush, antes de dejar la gubernatura de Texas, autorizó varias de esas ejecuciones. Pero Texas también es el estado con mayor número de asesinatos en Estados Unidos. Parecería entonces, que la pena de muerte, en lugar de disminuir la criminalidad, la fomenta. Una reciente serie de artículos del diario The New York Times arroja conclusiones similares. Y una encuesta del periódico Washington Post del mes de abril sugiere que uno de cada dos estadounidenses sospecha que la pena de muerte no reduce el número de asesinatos”. No se puede atacar la muerte con la muerte, ni el miedo con el miedo, un gobierno que amenaza a los criminales cae en su juego. Yo sugiero voltear la mirada al grave problema de educación que vive nuestro país, quizá ahí esté la respuesta; quien goza secuestrando, asesinando, violando y robando lo seguirá haciendo más allá del tono del castigo.
Powered by !JoomlaComment 3.26
3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved." |