El Día de Campo
Escrito por Alex AGUILAR   
Martes 20 de Enero de 2009 16:00
Que maravilloso es convivir con la naturaleza, olvidarnos del humo, del tráfico, del estrés, de la gente y ponernos en contacto con nuestro yo interno para poder relajarnos, recargarnos y vivir solo con lo indispensable, es más hasta olvidarnos de la televisión y del radio que tanto tiempo nos absorben todos los días.

Bueno me encantaría decir que todo el primer parrado es real, pero la verdad es que no, los jóvenes estamos acostumbrados al estrés, al ajetreo, es decir nacimos en la ciudad y aunque nos moleste que alguien pase y escupa en la banqueta porque sin querer lo pisamos o que estén las mentadas a todo lo que da o que el micro no te haga la parada y te lleve hasta casa del chofer o peor tantito a un accidente, nos encanta esto. Si vamos al campo solo soportamos una noche ya que no estamos acostumbrados al silencio absoluto, como que ya necesitamos al borracho de la calle haciendo escándalo o a la patrulla pasando con la sirena y la torreta en media noche despertando a todos.

Esto es porque la mayoría de los jóvenes debido a la situación que vivimos en estos tiempos, ya estudian y trabajan, ya sea para pagarse sus estudios o simplemente para colaborar en casa, entonces tenemos todos los días el merequetengue diario de me despierto según “temprano” para irnos a la escuela pero unos hasta sin bañarse se van, se toman su lechita de empaque por su puesto y de camino ahí en el metro se empacan una guajolota, osea la torta de tamal. De ahí estamos en la escuela y salimos corriendo para llegar al trabajo, ya sea oficina o muy generalmente a un lugar de comida rápida como; El Rey Hamburguesa o la Pizza de Domino. Lo que sigue es que obvio ahí comemos cualquier porquería que se nos antoje y saliendo todavía tenemos el cinismo de ver a los amigos o a la novia, es decir llegamos a casa como a las 11 de la noche, cuando salimos a las siete.

Por otra parte los fines de semana te vas al antro llegas a tu casa en la madrugada, cansado o borracha y dices me hago algo de comer, abres el refrigerador, sacas el jamón los chiles y te haces un sándwich y no hay problema, te duermes en tu cama hasta las tres de la tarde del sábado.

Pero ahora es cuando se nos ocurre acampar, para colomo se nos hizo tarde y llegamos de noche, entonces donde ponemos la tienda pues donde caiga, porque para empezar necesitamos como 10 amigos para instalarla cual si fuera una obra de dos pisos. Ya instalados mandan a una comisión a explorar y a conseguir madera para la fogata, cosa que tampoco nadie sabe hacer, en el camino te encuentras con insectos que crees que te pueden comer aunque sean del tamaño de tu dedo pulgar, te pican los moscos, te empiezas a poner de malas, pero la buena noticia es que conseguiste un montón de ramitas que se queman en cinco minutos, así que el esfuerzo valió la pena y ya tendrás calor por lo menos un ratito.

Así que llega la hora de quemar bombones y salchichas, y pues obviamente dices osea como tengo que clavar mi salchicha en esta ramita sucia y que estaba tirada en el piso, pero lo haces y en lo que estas ahí junto a la fogata que te lastima el calor en exceso por lo pegado que estas, pero si te alejas hace un frío de los mil demonios, eso provoca que el humo haga que te ardan los ojos, que te duela la cabeza, así que se te ocurre decir algo sabio “haber saquen las chelas” y cuando te dispones a darle el trago te das cuenta que nadie llevó destapador, entonces todos harán fila con tu amigo “el corcholatas” para que les abra su bebida.

Ya después de los bombones y las salchichas se abre el apetito y para que no hubiera broncas, llevamos atún de esas latitas que ya tiene una cosita que le jalas y se abre solita sin necesidad de abre latas pero para tu maldita mala suerte agarraste las latas con el dispositivo más flojo que había y se rompe, por lo cual te ves obligado abrirla con una piedra a costa de unos cuantos dedos de por medio. Para ese momento ya tienes piquetes en todos lados, los ojos llorosos, frío, dos dedos menos y todavía no comes, entonces se comienza con el preparativo de los “chanwiz” y justo ahí es cuando voltea tu novia y te dice amor trajiste el cuchillo para untar la mayonesa y todos tus cuates se te quedan viendo como diciendo este pen… ya nos dejó sin aderezo entonces tu ya harto de todo volteas a ver a todos y les dices; “no lo olvidé, lo dejé a propósito, porque estamos en un ambiente natural y los cavernícolas no usaban cuchillos para untar nada”.

Ya todo molesto te vas a tu tienda a dormir, mientras los demás cantan alrededor de la fogata por tan solo unos instantes porque las ramitas que llevaste no duraron mucho y llegan a tu tienda, porque decentemente las mujeres duermen en una y los hombres en otra, pero ahí llega tu mejor amigo y te dice “oye no traigo bolsa de dormir” compadeciéndote del caso extiendes tu sleeping para que pueda dormir también pero durante la noche vas notando como todos tus cuates se lo agandallan y tu ya estas en el piso de la tienda que para colmo colocaron sobre una roca en forma de pico que quedó justamente sobre tu espalda.

Al otro día estas de lo peor y nadie pensó en llevar leche, entonces las opciones son chetos con coca o cerveza y galletas. No hay donde bañarse y si encuentras un lugar es un Río congelado, al que solo de meter un dedo te conviertes en pitufo (azul y todo se te hace chiquito).

Llegas a tu casa después de solo una noche, pero como si hubieras dormido en el parque de la esquina una semana, llegas peor que Forest Gump y más estresado que cuando estás en tu trabajo con el intolerante de tu jefe. Por esta razón es que los campamentos… ¡Son inolvidables!
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